Mi paso por Torné & Bel no fue simplemente una cata ni una entrevista; fue un regreso a mis propios inicios, a aquella etapa en la que entendí que la pasión por el vino no podía quedarse únicamente en escribir sobre él.
Durante cinco años fui el bloguero de vinos más seguido con adictosalalujuria.com. Pero llegó un momento en que supe que no bastaba con contar historias: necesitaba comprenderlas desde dentro. Profesionalizar la pasión. Formarme. Y fue precisamente a escasos metros de la bodega donde comenzó ese salto: en la Escola de Viticultura i Enologia Mercè Rossell i Domènech.
Un legado que trasciende la tierra
Al cruzar la puerta del pequeño celler de Torné & Bel te recibe una gran fotografía familiar. No es un gesto decorativo, es una declaración de principios. En ella aparece la abuela junto a Mercè Rossell i Domènech, la mujer que da nombre a la escuela de viticultura. Su decisión de destinar la finca —sin herederos directos— a un proyecto formativo no fue caprichosa, sino profundamente comprometida: asegurar que la tradición no quedara únicamente en manos de los vecinos históricos que continuarían trabajando la tierra (entre ellos Torné & Bel y Juvé & Camps), sino que también sembrara conocimiento para las generaciones futuras.
Allí todo habla de historia. De coherencia. De responsabilidad.
La familia Torné trabaja la finca de Espiells desde el siglo XIX, cuando el bisabuelo Jaume Torné i Roig comenzó a cultivarla sin que aún fuera de su propiedad. Esa relación casi romántica con la tierra —primero desde la entrega, después desde la pertenencia— es la que explica que seis generaciones después la pasión y el saber hacer sigan intactos.
Sin embargo, el proyecto tal y como hoy lo conocemos arranca en 1991, cuando dos generaciones deciden dar el paso hacia la elaboración propia. La primera cosecha en 1997 marca el inicio de una identidad que ha ido consolidándose con discreción, sin ruido, pero con una convicción férrea: hacer espumosos honestos, elegantes y profundamente ligados al paisaje.
Marta: continuidad y mirada contemporánea
Marta, la más joven de la saga familiar, encarna esa continuidad natural. Siguiendo los pasos de su padre, lidera la viticultura desde un espacio tan austero como funcional. Nada sobra. Nada falta. Allí no se busca impresionar con arquitectura ni con artificios: se trabaja para que la uva hable.
Finura con los pies en la tierra
En un momento en que muchos pequeños proyectos elevan sus precios como símbolo de exclusividad, Torné & Bel mantiene una política de calidad-precio que no excluye a su entorno. Hay algo profundamente coherente en ello: si el vino nace del territorio, debe poder volver a él.
Sus espumosos combinan precisión técnica con elegancia natural. No buscan la exuberancia ni el impacto inmediato, sino la armonía. Son vinos que se expresan desde la finura, con una burbuja integrada y una crianza que aporta profundidad sin perder frescura.
Especial ilusión me hace la llegada de Triennium, un ensamblaje clásico del Penedès:
55% Xarel·lo, 30% Macabeu y 15% Parellada, con casi dos años —o más— de crianza.
El Xarel·lo aporta estructura y carácter mediterráneo; el Macabeu, amplitud y redondez; la Parellada, delicadeza y tensión. El resultado es un espumoso que representa fielmente la identidad de la casa: equilibrio, precisión y honestidad.
Muy pronto descorcharemos las primeras botellas en Vinoscopio. Y cuando lo hagamos, no abriremos solo un espumoso: abriremos historia, paisaje y seis generaciones de compromiso embotellado.
Torné & Bel no es una bodega que grite. Es una bodega que permanece. Y en tiempos de ruido, eso es un lujo.
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